Pieghe dell'anima

Es difícil y quizá ni siquiera legítimo hablar de la obra de un artista que convierte su trabajo en una experimentación continua como sucede con Angelica D’Ottavio.
Móvil en todos los trazos, la pintura y el modelado de Angelica están abiertos a las experiencias más diversas, a las técnicas más variadas.
Desde tonos macchiaoli e impresionistas con elementos de un nada escondido naturalismo, a veces, figurativo y, otras, camino de la abstracción, la artista propone una decidida transfiguración de la realidad siguiendo líneas filiformes o aplicando una densa amalgama de colores.
Atenta tanto a los movimientos de las figuras -captadas en la ritualidad de una danza campestre o en un mudo y desolado abrazo- como a su inmovilidad metafísica, a modo de figuras espectrales dobladas por el viento de la historia (temas presentes tanto en la pintura como en la escultura), Angelica usa la acuarela o el óleo, golpea el mármol blanco de Carrara, moldea la cerámica pulida, dobla materiales pobres como la tela, graba con el trazo firme de la punta seca para conquistar múltiples modalidades expresivas con una fuerza creativa eficaz.
Por doquier se aprecia el deseo insatisfecho de plasmar una realidad huidiza: la figura desvanecedora en el multicolor espectáculo de las flores se transforma en un juego de espejos deformantes o en simbólicos agregados materiales, con una naturalidad voluble, pero siempre dramáticamente triste.
Excepto en el momento en que la mano se exalta para trazar los ritmos sinuosos de estrellas y doncellas o perfila formas improbables, como elevando un himno polifónico al sueño y al viento: entonces, en un espacio aéreo provisional, en un mundo onírico sin tiempo, el ánimo del artista parece tranquilizarse un ápice, satisfecho por la ausencia de sentido, esperando un futuro mejor.
Tullio Gregory
































